Otra vez elecciones generales



El régimen que organiza las próximas «elecciones» consiste en las estructuras de dominación establecidas a partir de la victoria imperialista de 1936-9. Se funda en la ocupación armada, en la opresión general al servicio del nacionalismo, en el monopolio informativo, en la integración totalitaria de toda realidad económica, social, ideológica y política. Las elecciones son un factor táctico del sistema, exclusivamente condicionado por el poder político real para servir, encubrir, repercutir y amplificar las relaciones de dominación que lo constituyen.

La participación electoral en las presentes condiciones implica el reconocimiento no sólo formal sino efectivo del régimen, la inexistencia de toda oposición de contenido estratégico. Las elecciones son un temible revelador de la realidad y la conciencia profunda de los grupos políticos, por encima de la idea que éstos quisieran dar de sí mismos.

Toda presión efectiva sobre el régimen y el proceso electoral depende de la capacidad democrática general de las fuerzas populares, la cual tiene por supuesto y consecuencia el boicot de las elecciones.

La abstención, recurso natural e inmediato de los pueblos oprimidos frente al condicionamiento totalitario, es elemento constitutivo de una política de oposición democrática consecuente. Factor dinámico de primera dimensión plantea de un golpe las verdaderas cuestiones de estructura política, desbarata el complejo establecido de recuperación y colaboración, pone en entredicho los monopolios de presión, represión e información, destruye la parodia de sumisión y democracia con que la propaganda imperialista pretende ocultar la realidad.

Las condiciones subjetivas y objetivas en general, la resistencia histórica permanente han demostrado que el boicot total de las elecciones totalitarias es posible y «natural» en el país vasco. A partir de esta realidad, por su desarrollo o degradación, se determina el carácter progresivo o reaccionario de una actitud ideológico-política.

Para el colaboracionismo, la subestimación de las fuerzas populares es condición necesaria de su propia «función histórica» en el marco del totalitarismo integrado.

La verdadera misión del colaboracionismo consiste en suprimir toda actividad de alcance estratégipo para encerrar al país en los limites del cretinismo electoralista y de una agitación recuperada, cuando no suscitada y dirigida por el propio régimen. En la «lucha por la amnistia», en el «sufragio universal» a la manera hispánica, en inagotables empresas, querellas y conflictos «de interés público», se ha puesto de manifiesto la eficacia de la reacción colaboracionista para comprometer y mantener a las masas populares por debajo de una política posible y necesaria de democratismo consecuente.

La respuesta popular a la integración oficial totalitaria, la separación entre el país real y el país formal, la contradicción entre la resistencia primaria y la ausencia de cualificación ideológico-política no han cesado de manifestarse, por su parte, en la crisis política general. Crisis particularmente aparente en el gran movimiento semi-insurreccional de Julio, que pulverizó el mito de la sumisión y puso en ridículo a la colaboración por la simple capacidad espontánea de las masas populares. Enterrar las barricadas de Julio en las urnas de Marzo es uno de los objetivos centrales de las presentes elecciones.

La partida de incapaces, irresponsables, exhibicionistas y desaprensivos que, con siglas vascas, llevó al país al inri del 15 de Junio ha logrado ya el resultado necesario, previsible y previsto (1) de su política de liquidación estratégica de las fuerzas democráticas: la aceleración general del proceso que conduce a la sumisión y la liquidación final del pueblo vasco, objetivo fundamental e invariable del imperialismo español.

Los hechos consumados de la reciente experiencia política, la resistencia creciente de la opinión han transformado el ilusionismo electoralista de Junio en el sufragismo vergonzante de los últimos meses. En realidad, el Pnv mantiene sin alteración su pretendida política «realista posibilista de persuasión y diálogo», que tan buenos resultados ha dado siempre al nacionalismo español. A ello se suma ahora la esperada y reveladora capitulación electoralista de Eta. Pero toda la diversificación formal de las «fuerzas» electorales no hará surgir realidades políticas donde no hay más fuerzas ni más política que las que rigen las elecciones y el régimen imperialista en general. El colaboracionismo no sabe qué hacer. Según revela - involuntariamente- su propia propaganda, tampoco sabe qué decir. Sólo sabe colaborar. Por eso va a las elecciones.

El elector «vasco» puede confirmar y ampliar el primero de Marzo los resultados formales y reales del 15 de Junio, en el marco de la significativa ofensiva de represión «especial elecciones» que el gobierno español ha incluido en la «campaña electoral». Puede invalidar en buena parte con un simple gesto (por ambiguo que sea, como lo es toda recuperación) la lucha incesante por afirmar la entidad irreductible de la nación vasca frente a la integración totalitaria.

En tal caso, cuando la opresión, degradación y humillación se amplíen también en lógica correspondencia, cuando la represión se desmadre sobre un país reducido a la resistencia espontánea, cuando los circuitos de propaganda fascista a escala mundial arrojen la difamación y el descrédito sobre un pueblo amordazado, que el elector «vasco» recuerde que él legitima, financia y aprovisiona con sus votos la estrategia, los agentes y las armas de la «nueva democracia española».

En las elecciones se manifiesta de forma notable la contradicción entre la colaboración y el desarrollo de una política democrática consecuente en el país vasco. Un solo voto más -vota a quien quieras pero vota- es un arma más en el arsenal totalitario, un paso más en el camino de la sumisión. Un solo voto menos es un factor de resistencia, de dignidad nacional y de democratismo consecuente que el imperialismo español no ha podido ni podrá nunca recuperar.

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